He estado unas semanas en Tailandia probando mi nueva etapa como autónomo y allí el móvil pesa más. Tanto que lo dejas en casa y te olvidas de él.
La calle gana, la pantalla pierde.
Con varios días a mis espaldas de detox no forzado, cogí el móvil para responder a un mail de un cliente. Dos líneas y fuera. Tres minutos después, me sorprendí a mí mismo mirando botas en la tienda de CamperLab. Botas que ni siquiera sé si quiero y que, por supuesto, no necesito.
En ese momento algo me explotó en la cara: “¿En qué momento pasé de ‘trabajar’ a ‘comprar’?”
No echo de menos la vida sin redes
Momentos después, en la playa seguía dándole vueltas. Se habla mucho del rechazo a redes, pero creo que el problema es otro. No fue la red social la que me llevó a querer comprar, fue el sistema de recomendación. El algoritmo telegrafió esa recomendación para mí.
Y allí en medio de Koh Samet, tirado en la arena, apunté en mi libreta: “lo que echo de menos no es un mundo sin redes sociales, es un mundo sin algoritmos recomendadores.”
¿Qué es un algoritmo?
Según la Wikipedia: “Un algoritmo es un conjunto de instrucciones o reglas precisas y no ambiguas que, aplicadas de manera lógica, permiten resolver un problema, realizar un cálculo, procesar datos o ejecutar diversas tareas”
Bajado a la práctica: un algoritmo en redes sociales no es más que un puñado de ecuaciones que analizan tus interacciones previas para intentar predecir qué contenido te puede gustar.
Es decir, son un conjunto de procesos matemáticos que te dan como resultado recomendaciones de contenido.
Cada plataforma cuenta con sistemas híbridos de varias fuentes de datos, algoritmos y distintas formas de contenido recomendado. No es el foro para profundizar, así quédate con este esquema:
Los algoritmos son sistemas objetivos y precisos. No miden la calidad humana y cultural del contenido; solo miden la probabilidad de que reacciones a una pieza audiovisual. No son buenos ni malos per se, las intenciones que hay detrás de las personas que lo diseñan sí.
Y aquí viene el quid. Meta, TikTok o X tienen como fuente principal de ingresos (y a veces única): los anunciantes. Son los que a día de hoy hacen que el modelo de negocio sea sostenible.
¿La consecuencia? El feed está diseñado para que consumas la mayor cantidad de publicidad, no para conectar con otras personas.
Hubo un tiempo en el que los algoritmos no dominaban las redes.
Mi feed no tenía algoritmos recomendadores, era un timeline cronológico. Me mostraba el contenido de los perfiles a los que seguía en orden de publicación.
En aquel entonces sentía que tenía el control. Podía crear mi propio mundo digital y seguirlo fácilmente. Entraba a la red social, scrolleaba hacia abajo y veía lo que había pasado a la gente que había decidido seguir. Si no entraba en una semana no pasaba nada, el contenido seguía ordenado ahí para cuando quisiera entrar.
Hasta que sin previo aviso, empecé a ver publicaciones de gente que no seguía. Empezó poco a poco, de manera sibilina, hasta que TikTok llegó a pecho descubierto y reinventó el significado de red social.
TikTok fue la primera red en tener un “Para ti”, una pestaña de contenido recomendado algorítmicamente que te mantenía pegado al móvil sin tomar ninguna decisión. Y cuanto más lo usaba, más hábil era en mantenerme pegado a la pantalla.
El resto de plataformas no tardaron en adoptar la esencia del “Para ti” y los algoritmos escalaron hasta ser un canal de publicidad más.
Y al igual que tú, me frustra y me cansa.
¿Se está deformando mi gusto personal?
Desde el momento con las botas, no puedo quitarme de la cabeza una pregunta: ¿cómo sé que algo me gusta de verdad y no simplemente me han empujado a que me guste?
El gusto es algo subjetivo, basado en mis decisiones personales. Es lo que me dice que algo es bello sin necesidad de explicarlo. Mi criterio. Mi esencia.
Y eso está muy alejado de lo que puede construir un algoritmo.
Los libros, los viajes y mi entorno todavía me anclan a mi esencia. Pero llevo más de un año escuchando playlists de ambient (música que puedo ignorar) o dando al play en la categoría de documentales en Netflix.
En un mundo con acceso a todo, he estado decidiendo no decidir. He estado delegando parte de mi gusto personal en un sistema que prioriza números por encima de emociones o cultura.
Y solo quiero una cosa: volver a saber que lo que me gusta, me gusta de verdad.
Elijo elegir.
Uno de mis propósitos de 2026 es recuperar mi gusto a través de pequeños movimientos. No hablo de radicalizarme contra la tecnología. Solo quiero volver a decidir por mí mismo y tomar las riendas.
Este es mi humilde plan para retomar el volante:
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Rodearme de dispositivos y experiencias sin algoritmos. (Libros, vinilos, cámara, cine, museos, cuadernos…)
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Pedir recomendaciones a personas a las que admiro por su criterio y su sensibilidad.
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Esperar un tiempo antes de comprar algo que creo que me gusta, dejando que el deseo se enfríe o se confirme.
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Incluir el silencio en mi vida e incluso aburrirme. Cuando te alejas del ruido, empiezas a escucharte.
Si te gusta lo que escribo, me haría muy feliz que se lo recomendaras a alguien que creas que le puede gustar.
